Como lluvia caen  las drogas, con estupor se observan asesinatos, robos, asaltos, fraudes. No hay paz. Los delincuentes están en sus aguas. El país se ha convertido en  el mejor escenario para sus acciones. Hay pocos controles institucionales y educativos. Los esfuerzos de religiosos y padres de familia de poco sirven todos esfuerzos  son neutralizados a veces por la insistencia mediática en cada hecho que se sucede.
 
El momento por el que atraviesa la nación  se asemeja a una noche siniestra, en la que el manto de la transición propicia toda suerte de impunidad, y en cada hecho o acto de la cotidianidad se percibe el grito mudo de cuantos deseamos ver  aunque sea una chispa de definición .
 
Cada día es incierto y solo nos acompaña el  sobresalto, y las predicas una esperanza que se diluye en ríos de sangre de mujeres, niños y ciudadanos indefensos.
 
Sin exagerar es hora de que alguien detenga tanto desasosiego, porque de lo contrario tendríamos que confirmar que nos acercamos al cumplimiento de las predicciones apocalípticas que muchos predican pero que muy pocos queremos ver.