Recuerdo mi primer celular, era un Motorola (modelo no recuerdo) no muy a la “moda”, pero podía recibir y enviar mensajes y llamadas telefónicas. Yo tenía apenas 15-16 años. ¡Que edad! Mi pobre teléfono móvil perduró con los años hasta el punto que mi hermana convenció a nuestra madre para cambiarlo, ¡Je!, a mí ni me importaba. Y no es que ahora me interese mucho.

 

Estos últimos tiempos he percibido cierto grado de epidemia social, con respecto a los “Blackberry, iPad, iPhone”; como desarrolladores potenciales y funcionales en cuanto a utilidades como; correo, internet, redes sociales como facebook y Twiter, etc. Creaciones que originalmente benefician a empresarios, podría decirse a gran escala. Pero es así, que las calles se observan invadidas con las hinchazones que producen esta epidemia, en personas de altos, medianos hasta de bajos recursos económicos. Esto me hace pensar en las vivencias que me comentó una amiga, cuando estaba en un lugar y se sentía fuera de órbita, en una realidad distorsionada, aunque la realidad hasta cierto punto no puede ser distorsionada…porque realidad es realidad. Pero el yo interior de mi amiga estaba fuera de sí, por consiguiente, su único aliado era la manifestación de su distorsión con una sonrisa, tratando de entender lo que decían aquellas chicas que estaban tan hinchadas…al oído de mi amiga, llegaban las palabras como si fuera en cámara lenta…

 

No resto mérito a la tecnología actual, ni mucho menos que no acepte las personas “actuales”, más bien, quiero tratar de identificar los daños y perjuicios que pueden producir estos aparatos como una presión social palpable. Daños para algunos y perjuicios para otros. Los adolescentes aceptan cualquier trato y o manipulación a cambio de estos, los hurtos están a la luz del sol, los grupos de amigos se reducen a redes sociales, donde publican hasta como duermen…por decir solo algo.

 

Cabe resaltar la utilidad de estos teléfonos móvil. Pero ¿qué tal de los que no pueden tener uno de estos?  Se pueden sentir desterrados o en “otra realidad”, como mi amiga. Quizás este equivocada…solo unas cuantas personas leerán estas líneas, y dejo saber, que dentro de algunos años estos aparatos estarán olvidados o en especiales en las tiendas pertinentes. Surgirán nuevos, nuevos y más nuevos…al alcance de algunos.

 

Existen muchos factores que analizar, y no digo que todo el que tiene uno de estos teléfonos móviles están infectados…existe un promedio que los utiliza de manera personalizada, “uso a lo uso”

 

Recuerdo un amigo que me dijo, “no soporto ver a las personas que antes de hablarle a uno muestren su “BB” (Blackberry) para que veas que tienen uno” ¡Que nos queda!

 

Solo quiero dirigirme a un equilibrio entre los dos extremos…más bien, epidemia social extendida en nuestra cultura, sin identidad propia. ¿Qué vacunas utilizar para prevenir o sanar? ¡Quien sabe! Yo sigo buscando la realidad…

 

¿Será que la epidemia social se convertirá en esquizofrenia global? Las actitudes preenjuiciadas y los daños morales, sociales y psicológicos que pueden precipitar este malestar social, podrían abrir la brecha entre lo que somos y lo que deseamos ser…como dijo una vez el filósofo y político, Benjamin Franklin; “Enorgullecerse de saber es como cegarse con la luz”.

 

Colaboración: Priscilla Rodríguez Almonte.