Al PLD y a su gobierno le han favorecido la alfombra de la estabilidad macroeconómica  que ha disfrutado el país, el crecimiento económico -a pesar de la crisis internacional, el efecto social y político favorable que le significan Senasa y el programa Solidaridad. Y la unidad del PLD.

 

Pero la razón principal del triunfalismo peledeísta y sus aliados debe buscarse en el propio Partido Revolucionario Dominicano, cuyo desempeño político bien merece el calificativo de amateur, es decir, propio de aficionados. Sus errores son muchos. Unos de carácter estratégico y otros de naturaleza táctica.

 

El afán controlador del grupo dominante del partido, que presumía del 90% ó más, obvió un primer elemento estratégico para el PRD: la unidad. La unidad fue siempre el factor más mimado de José Francisco Peña Gómez, a sabiendas de que sin ella el desempeño partidario era incierto. Y el miguelismo, que pretende la candidatura presidencial del 2012, en lugar de conciliar y consensuar con los grupos y liderazgos internos la nueva dirección del partido y las candidaturas congresuales y municipales, optó por la imposición de su mayoría, hiriendo, de paso, a las minorías que excluía con su actuación. Las minorías perdieron todo reconocimiento o espacio político donde sobrevivir. En esas condiciones, la guerrilla era inevitable.

 

Un segundo factor estratégico tiene que ver con el pacto Leonel-Miguel, hecho a espaldas del partido. Con la mirada puesta en el 2012, los estrategas del empresario Vargas razonaron que en vez de jubilar definitivamente al presidente Fernández en la reforma constitucional, le era más funcional atizar las contradicciones Leonel-Danilo, al interior del PLD, bajo el supuesto del desgaste o división posterior del PLD.

 

Agotados los contrincantes peledeístas, el reinado de Miguel sería un caramelo pilón.

 

Quienes calcularon la estrategía nunca pensaron en los efectos internos de este movimiento dentro del PRD. Las “minorías” perredeístas que representan Hipólito Mejía, Guido Gómez, Luis Abinader y otros no fueron consideradas variables a tomar en cuenta. El error de cálculo salta a la vista en este noveno inning.

 

El pacto Leonel-Miguel provocó efectos negativos para la unidad perredeísta, como se ha visto.

 

El resultado ha sido, parece ser, que en vez de mejorar la posición del partido y del candidato en las congresuales y municipales del domingo - el “avanzar en el 10”- y situar a los mismos en buen lugar para las presidenciales – el “ganar en el 12”-, la dirección perredeísta de Maldonado ha propiciado que el PRD sea derrotado en el 10 y, si las cosas siguen como van, rematado en el 12.

 

Con la unidad perdida, con un discurso fundado en el miedo y el apocalipsis económico, incapaz de insuflar al nuevo PRD la pasión combativa del viejo PRD, su horizonte carece de luz.

 

La gran enfermedad del miguelismo es su enfoque tecno-empresarial de la actividad política y su consecuente simplismo en la gestión de una estrategia más personal que partidaria. Sus grandes problemas están en la debilidad política de su conducción. Y así, el desastre es crónica que se puede servir con antelación.

 

Al empresario Vargas le hacen falta políticos, tecnócratas le sobran.

 

Fuente: www.perspectivaciudadana.com