El tiempo es implacable, agri-dulce, regala felicidad y tristeza. Fascinante el tiempo como fuerza de la naturaleza que puede hacer daño o destruir, con el tiempo se pueden descifrar predicciones, acciones e inacciones propias de los seres humanos.
Es precisamente al tiempo a que apuestan los políticos, para que la gente olvide. Es el tiempo que les hace pensar a algunos, que los pueblos no tienen memoria, y por demás, el tiempo les hace creer que la gente que compone los pueblos es, incapaz de reaccionar ante sus maniobras.
El tiempo y la impunidad se asocian y obnubilan a los que ejercen el poder, y los hacen pensar que nadie fuera de ellos tiene capacidad para observar o para discernir sobre los diferentes temas que ocupan el quehacer cotidiano de la vida nacional.
Es el tiempo el que determina cuando deben bajar los que están arriba, y subir los que están abajo, porque algunos han aprendido la magia del camaleón para quedarse arriba siempre, no han podido con ello superar a la dialéctica, aliada inexorable del tiempo, a la hora de perpetuar el poder de un grupo, una familia o un individuo en el poder.
Todo conduce a determinar que es el tiempo el que salva o condena, el que prueba lo justo o lo injusto, que demuestra lo falso o lo verdadero y por tanto con ‘el no hay blindaje que valga, y cuando se acerca la hora de conocer su sentencia no hay poderes ni oro que la detengan, porque ella trae lo que corresponde con justicia a cada quién.
Y los impacientes que juzgan, que predicen, que murmuran terminan extenuados y amargados. Esperar en Dios es el mejor regalo…
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