La ciudadanía de Puerto Plata ha devenido en los últimos 30 años en un proceso de inversión en el comportamiento y en el accionar social. Ya no hay una actitud de manejo solidario en el diario trajinar, el flujo de la inmigración nacional e internacional que se ha insertado desde que en el 1978 se abrió el primer hotel en Playa Dorada, ha ido desvirtuando el formato de comportamiento que normaba a una comunidad servicial, hospitalaria, demandante y poco dada a la pasividad.
En la era de Trujillo, se nos consideraba polémicos, confrontadores, insurrectos y opositores. Y así siguió luego en las luchas post-trujillistas, cuando a la muerte del tirano, Rafael Leonidas Trujillo Molina, encabezábamos los titulares de los pocos periódicos que circulaban a nivel nacional, en las actividades de la Unión Cívica Nacional (UCN) y del Movimiento Revolucionario 14 de Junio (1J4), que fueron en ese momento, las entidades políticas que encabezaron la lucha anti-trujillistas. Luego se insertó el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y lo normal era ver el movimiento obrero portuario, junto al movimiento estudiantil secundario y las representaciones partidarias, servir de entes motorizadores de la protesta social y poner en jaque mate, las instituciones castrenses y las fuerzas que detentaban el poder.
Con los problemas que se han insertado en el diario vivir, el puertoplateño y la puertoplateña, han ido retrayéndose, aislándose y convirtiendo su habitad familiar y social en un coto cerrado. Si en la ciudad no hay energía eléctrica; no hay problemas; compramos una planta o un inversor. Si no hay agua, no hay problemas; hacemos una cisterna. Si hay delincuencia; no hay problemas, subimos la verja, ponemos un guachimán, o cerramos la entrada a la urbanización donde vivimos para que solamente entre la gente que esté autorizada. No nos interesa un cine, porque tenemos una parábola, o estamos abonados al cable o tenemos el poder adquisitivo para alquilar una película. Cuando salimos a pasear, tenemos la Jeepeta o el carro con vidrios ahumados, ponemos el seguro en las puertas y el aire acondicionado, para ver el pueblo a través de los cristales, y que no nos toque la delincuencia. Ponemos nuestros hijos en los colegios y contratamos un chofer o pagamos un transporte para que al salir de sus estudios, nuestros hijos no se contaminen. Así vivimos inmersos con el síndrome de pecera; viendo la sociedad desde el cristal donde estamos sumergidos/as, sin importarnos en lo absoluto lo que pasa alrededor de nuestro entorno. Se ha perdido el concepto de participación en la resolución conjunta de los problemas que nos afecta a todos y a todas, no importa que se tenga poder adquisitivo o que se esté en las condiciones económicas mas precarias. El problema de la sociedad como tal, lo asimilamos como una individualidad.
Viene precisamente esta reflexión al encontrarnos que en la red de Facebook un grupo de jóvenes puertoplateños/as están convocando a unas vistas públicas en el Ayuntamiento, para protestar porque se le otorgó a los caseteros del malecón el poder parquear los vehículos en horas de la noche, en “detrimento”, según ellos, a su derecho a caminar para hacer ejercicios. ¿Y quiénes eran los/as convocantes? Precisamente, un grupo de jóvenes de la clase media y alta que entienden se les está negando sus “derechos” en haras de otorgarle a un grupo de propietarios de casetas del malecón este “privilegio”.
Indudablemente que el síndrome de pecera, ha exacerbado la capacidad de ver el mundo en su conjunto y no a través de una lupa. La individualidad, el egocentrismo, la exclusión social, ha sido expuesta de una manera, que parecería que el mundo que ellos han concebido tiene que girar alrededor de sus egos, y que los problemas de la sociedad, les importa un comino. Para ellos y ellas es más importante que sus tennis caros, comprados en las mejores boutiques de Estados Unidos o de Europa, no sufran daños al caminar, que darle la oportunidad a un grupo de compueblanos/as para que produzcan el dinero que les permita mejorar su calidad de vida junto a su familia. En la madrugada, la mañana, la tarde, podrán usar, sin problemas, el paseo asignado para las bicicletas y las caminatas en el malecón, pero no, ellos quieren tenerlo libre todo el tiempo y por eso van a ir a protestar.
Para esa aberración individualista, ellos protestan, pero para que en Puerto Plata se construya un puerto, una carretera de cuatro carriles o que el Gobierno implemente medidas para recuperar las zonas francas, el aeropuerto, o el turismo, eso les pasa por arriba; porque ellos y ellas tienen sus vidas resueltas. Indudablemente que se insertó en la sociedad puertoplateña el síndrome de pecera, para ver la vida a través del cristal que les aísle de la realidad que vivan los demás. ¡Pobre sociedad puertoplateña!, manteniendo sus hijos como peces, nadando en sus peceras y contribuir así a seguir viendo el mundo deslizarse a la hecatombe.