La vida cotidianidad humana está repleta de pensamientos, conductas, desvíos, despistes, rabias, cansancios, impotencias, insatisfacciones, en fin adjetivos que siempre acompañan el nombre personal y que definen nuestro accionar y que nos hace únicos.
 
Y en esa amalgama de colores y adjetivos humanos, aparecen también las responsabilidades: de la familia, de trabajo, con la sociedad, etc.
 
Se me ocurre hacer esta reflexión pensando un poco en un hecho real que en ocurrió con una persona que trabaja como seguridad de determinada empresa.
 
Y sentí tanta tristeza, al ver como el “capitalismo salvaje” convierte a personas normales, comunes y corrientes en simples títeres que  cumplen ordenes de unos superiores que al momento de culpar a alguien por sus propios errores o desafueros, terminan señalando al propio empleado que ha cumplido sus órdenes.
 
 Estos empleados,  que creyendo que su labor al servicio de poderosos los harán afines a las clases sociales a quienes sirven, pretendiendo que por el servicio prestado, ya serán   adoptados… ¡Gran error  de quienes así piensan, porque se olvidan de una manoseada frase que no deja de ser cierta; y es que “las clases sociales no se suicidan…”.
 
Se valen del servilismo de la mediocridad, de la precariedad material, ideológica o espiritual, así como de muchas otras razones para buscar cómplices, para crear victimas y hasta para controlar el estado en aras de mantener privilegios a costa de otros y eso es lo más doloroso; y aunque ese es un mal presente en nuestra sociedad, hace temer que un día no muy lejano, este se revierta contra sus promotores...