Los humanos somos los únicos animales a los que nos gusta rumiar el pasado, a veces como si se tratara de algún bocadillo agradable del que añoramos sus amalgamas de sabores, u otras veces masticamos el ayer como si se tratara de una cicuta que hubimos de apurar y aun nos quedan indelebles amarguras.
De esa manera los dominicanos encaramos nuestra vida, cotidiana; casi siempre justificando en el ayer lo que hacemos hoy, o sencillamente culpando a nuestros antecesores de los yerros y fracasos que nos acompañan en el presente.
La objetividad sobre nuestros hechos nos obliga a mirar hacia adelante, no hacia atrás, porque el pasado cuando es nuestro, es un compromiso superarlo; y cuando este es de otros, se constituye en un emplazamiento para demostrar que somos mejores, de lo contrario, no seriamos mas que simples imitadores; sin compromiso de avanzar en el presente.
Decir que somos mejores, no debe ser una simple retórica que pueda envolver la vanidad y fetichismo de quienes nos retratamos en la figura de los otros para justificar nuestras propias deficiencias, asegurando que otros lo hicieron peor o que sencillamente no demostraron capacidad para hacer lo que también nosotros debemos hacer y no hacemos.
Nuestro que hacer social lo estamos alimentando con las raíces del pasado, y nos olvidamos de suministrarle las correspondientes dosis de optimismo, para demostrar que lo que no pudo ser ayer, es hoy; y que los que fueron ayer llegaron hasta donde su capacidad les permitió, y por tanto a nosotros nos toca seguir el camino, no sentarnos a lamentar lo que otros no quisieron o no supieron hacer…