Soy lectora. Es un vicio que tengo desde niña. Uno de mis abuelos tenía una librería y el otro una imprenta. Mi padre, editor, me dijo un día que posiblemente no cumpliría todos mis caprichos de ropa o juguetes, pero que para libros tenía un presupuesto inagotable. Lo inagotable para mí entonces era la biblioteca de casa, de donde fui sacando para leer los libros de las estanterías inferiores mirando como objetivo último, en las que estaban pegadas al techo, un par de enigmáticos tomos titulados El ser y la nada, de Sartre.
Francamente, nunca llegué a ellos. A lo largo de mi vida he tenido y perdido varias bibliotecas con mis mudanzas. No obstante, he seguido acumulando libros que se amontonan en mi piso por todos lados. Hasta que un día me dije, ya basta. Y alguien muy querido me regaló un libro digital.
Es precioso. Tiene una cubierta de cuero rojo y una goma como la de los cuadernos Moleskine. Teóricamente cabría toda mi biblioteca ahí adentro. Y no solo eso, también puedo leer cómodamente los manuscritos inéditos de escritores amigos o las galeradas de libros que tengo que leer por motivos de trabajo y llevarlo de viaje (viajo mucho) sin que abulte tanto. He dejado para siempre atrás los tochos sacados en la impresora, imposibles de manipular y un desperdicio de papel que me hacía sentir ecológicamente culpable. Preferí el e-book a la tableta porque lo quería solo para leer. Las demás cosas las haré en otro momento en el portátil o el móvil. Cuando leo me gusta hacerlo durante mucho tiempo seguido, al menos una hora y, si me dejan, toda una tarde o más. Desde hace años soñaba con que inventaran los libros electrónicos. Siempre los defendí frente a los acérrimos defensores del libro de papel. Les decía que se mantendría el placer del tacto de los viejos libros encuadernados, que cada persona podría tener su libro-biblioteca personalizado con su nombre grabado en el lomo. Toda la literatura en un solo y mágico volumen. Y, sin embargo... sigo comprando libros. ¿Por qué?
Porque a pesar de las muchas ventajas del e-book, tiene un problema. Parece que siempre estás leyendo el mismo libro. Puedes mirar por qué página vas, pero es distinto tener entre tus manos un tomo de 900 páginas y sentir que lo devoras a una velocidad tremenda. O escoger un libro delgado, de poesía tal vez, y saltar de un poema a otro según la página que se abra por azar. También es emocionante saber que te aproximas al final y todavía no sabes cuál puede ser el desenlace.
Lo peor de todo esto es que he optado por la política equivocada: solo cargo en mi e-book los libros que voy a leer y sigo llenando mi casa de los libros que sueño leer algún día. Los veo ahí apilados, me da tranquilidad saberlos bajo mi propio techo. A alcance de la mano. He terminado siendo una lectora entre el ser (físico) y la nada (virtual).
Fuente: http://blogs.elpais.com