Discutir sobre la ética sin sacar a flote la moral suele ser un ejercicio banal. Pero mucho más banal es reflexionar la ética dejando de lado el sistema económico imperante y la política en la que se asienta.

 

Aunque las morales están atravesadas por incongruencias esquizofrénicas y dialécticas, las cuales suelen ser diagnosticadas con el nombre de “la doble moral”, ellas están sostenidas por grupos, logias, culturas, corporaciones secretas o públicas, religiones, instituciones y textos canónigos. Un dictamen moral suele provocar el efecto contrario, por ejemplo, sociedades cerradas son más hipócritas porque rompen a menudo con la ley a pesar de su apasionada defensa, por el contrario, las sociedades abiertas imponen las reglas del mercado sobre la política y conforman grupos conservadores que sirven de lastre a sus políticas liberales y de goce. En efecto, la “doble moral” es consustancial a la moral.

 

Las formas en las que se organizan las instituciones indican sus dinámicas morales. La tendencia edipica o endógena de las organizaciones e instituciones representa la defensa de una cierta moral la cual define de antemano los límites de la política. La relación entre política y moral es muy estrecha pero en sentido inversamente proporcional en el ejercicio de la política y directamente proporcional con la institución de lo político. A pesar de cierta pluralidad moral en algunos lugares, al final la política es clara mientras la moral sigue una escritura ilegible pero definida. En sentido estricto, el aniquilamiento de la política cede el puesto a la moral dentro de nuestras sociedades contemporáneas, pues lo político siempre ha estado articulado a núcleos y grupos que defienden la moral de un país, la cual corresponde a una clase determinada.

 

Ante el actual desvanecimiento de la política, las discusiones morales se mezclan con la retorica de lo político. Así, la preocupación cada vez más global de la seguridad es comprendida desde sus efectos, abandonando las causas que en otro tiempo generaron impotencia y culpabilidad. Los análisis sobre los grandes problemas dependería exclusivamente de las acciones nefastas provocadas por personas “politizadas” como si la política fuera el pecado y las estructuras no existieran desde el momento que dejamos hablar de ellas. Los medios de comunicación combinan el espectáculo de la sangre con la estética.

La política del conflicto es anulada con el orden de lo político. El comportamiento correcto del burgués es la exigencia primordial para la construcción de la Polis. En efecto, la mayoría de nuestras discusiones sobre los problemas son meramente morales dentro de un ambiente pseudo-político. De esta manera, los espacios públicos se inundan de moralina y la felicidad o infelicidad comienza a depender de un gran Otro.

 

Las características de una polis anclada en la moral suele tener tres tipos de dinámicas comunes y entrelazadas:

 

1. La deslegitimación del sujeto crítico: cuando nos adentramos en el campo de la moral, evidentemente ingresamos en un ámbito en donde el sujeto enunciante es mirado a través del enunciado. A un profesor de ética se le pedirá que sea ético, a un profesor de cálculo se le pide que conozca. El ser de la moral es diferente al conocer de la academia. Al tener la moral una mirada sojuzgadora sobre el sujeto uno de sus efectos es la anulación del sujeto crítico. La primacía de la moral no admite el sujeto crítico. El poder deslegitima todo sujeto crítico, o porque son infantiles, o porque están politizados, o porque son de derecha, o porque son pelucones, o porque son corporativistas. Para el sujeto moral no hay sujeto crítico pues el sujeto privilegiado es leal y obediente. De la misma manera los medios de comunicación afinan su maquinaria al servicio del capitalismo mediante la sistemática crítica del sujeto político colocando el énfasis moral en la relación abortada entre el hacer, el decir, el ser, el pensar y el desear. La falta de coherencia es la señal de la defunción de toda razón crítica. Todos los días se trabaja en la sepultura del sujeto y el vacío genera el espacio perfecto para que la información actué bajo la ilusión de la inexistencia de sujetos, casi como una corriente divina que se posiciona sin la necesidad de ser defendida, ocultando su carácter poietico en fabricas dedicadas a forjar los valores liberales indispensables para el funcionamiento del Capitalismo.

 

2. El sujeto fuera de la política profiere morales neoconservadores: paradójicamente el sujeto crítico es reemplazado por neoconservadores obscenos que defienden la existencia de un sujeto al servicio de la polis sin política. Así, los perfiles de los tecnócratas no son más que selecciones morales de personas obedientes a un sistema moral y político. La política es lo imposible y el único real está determinado por la economía. Las estructuras pueden cambiar por manos limpias y corazones ardientes, se cree. La corrupción unida a la transparencia sitúa la solución en el ver y la realidad de la corrupción, en no dejarse ver.

 

Un sujeto moral no puede tener intereses personales o de grupo, en consecuencia el supuesto sujeto neutral está garantizado por el cálculo y las estadísticas. En cierto sentido, el sujeto moral encuentra en la matematización del raciocinio la episteme fundamental para decretar el deber ser universal de la moral kantiana.

 

Paradójicamente, los cambios políticos son realizados por sujetos totalmente politizados los cuales se pierden en la reducción de la política a la gestión. No hay colectivos, solo individuos, el sujeto moral solo la admite un inicio en el que el sujeto político no debe existir para comenzar el diálogo.

 

3. El pasado ambiguo del moralista y su futuro prometedor: para el moralista existen tradiciones, culturas y otras formas de vida, sin embargo ellas no son el núcleo dirimente de las decisiones claves del modelo hegemónico de desarrollo. El pasado tiene que ser superado por su promesa, pues el éxito solo se encuentra al final. El carácter temporal del moralista es el judeo-cristiano. El triunfo del capital nos bendice a todos, según Weber. Si el pasado es reivindicado por determinados grupos para no ser aplastados por las promesas del moralista, la pseudo-izquierda queda atrapada en las interpretaciones derridianas de los esencialismos en donde se igualan las políticas de los gobiernos de derecha contra los inmigrantes con las movilizaciones por el buen vivir de los pobres del Tercer Mundo, haciendo el juego a la fundamentación de estructuras neocoloniales. Contradictoriamente el recurso al pasado para evitar el aniquilamiento del presente se contrapone con la promesa del futuro que es un poco más del pasado colonial. Increíblemente, las maletas del futuro no se abandonan a pesar de la crisis mundial, por qué? En realidad, hay muchos intereses en juego y sin la moral de la soberanía, del Estado Nación, de los derechos individuales, no sería posible mantener aceitada la gran maquinaria del Capitalismo.

 

Por consiguiente, la defunción de la política y la emergencia de la moral no resuelven los problemas del Capital. ¿Por qué dicha imposibilidad? 

 

Fuente:www.rebelion.org