El 26 de Enero de 1813, se enciende en Santo Domingo, una antorcha que iluminó a todo el territorio dominicano; esa lumbrera fue bautizada con el nombre Juan Pablo Duarte y Diez quien desde muy joven sufrió en carne propia el oprobio de ser burlado en el exterior por ser proveniente de una tierra subyugada y sin identidad propia.
 
Contrario a lo que imaginaban sus burladores, esa acción antes que amilanar su personalidad, hizo que se elevara su ánimo y emergiera en él una férrea esperanza que muchos estaban perdiendo y otros necesitaban, para enfrentar la ignominia de la dominación extranjera.
 
Hoy, cuando se cumplen 200 años de aquel histórico acontecimiento, pareciera como si los relojes de nuestro territorio se hubieran detenido y regresado al cuadrante de 1813, para entonces darnos cuenta que andamos sin una identidad definida, con un territorio cedido como regalo a voraces empresas extranjeras y casi todos los ciudadanos con la esperanza maltrecha.
 
Llegamos a un 2013, en el que la esperanza celebra su segundo centenario de nacimiento, y hoy como ayer, pese a los preludios del pesimismo, una luz emerge en nuestro horizonte incierto, renace la imagen de un patricio escarnecido, pero revestido de coraje para demostrar que en este territorio que hoy llamamos patria, aun sabemos emerger de las cenizas.
 
Quizás para algunos pseudo optimistas sea tiempo de celebrar, y para otros será tiempo de discursear, no obstante, para quienes creemos en la esperanza, ya es hora de empezar a construir la soñada patria  que nos legó hace 200 años el primer dominicano de verdad…