Ya vimos en la teoría del "Two-Step flow of communications" (flujo de dos pasos) ¿Qué “las relaciones interpersonales influenciaban a la gente más a menudo que los medios de comunicación”? Era la gran pregunta del momento, partiendo del criterio de que la influencia redunda en cualquier envoltura de la vida social: en la política, la religión, la economía y la moda. Por eso Gustave Le Bon, dijo que la psicología de masas es: “la relación de individuos con su medio”.
Es tan así, que las masas populares rechazan -ubicados en una especie de zona de confort- cualquier información contraria a su adhesión emocional. Zona de confort la crean los estrategas populistas, y la colocan estratégicamente en los surcos mentales de la identidad social de los votantes.
Los electores, en tanto que seres emocionales que razonan a partir de sus concepciones más instintivas, concepciones que a la vez son creadas al fragor de todo un andamiaje de cultura consumista, cimentada sobre un colchón de necesidades inmediatas que anquilosan toda posibilidad de programar la perspectiva de vida a largo plazo.
En esos ambientes marginales en donde el día a día echa por tierra toda esperanza, la perspectiva de un mendrugo de pan y hasta de una botella de alcohol, inyecta emociones que conducen a la “toma de decisiones”
La psicología de masas tiene como bases para su estudio, tres áreas fundamentales:
“…el todo es siempre más que la siempre suma de sus elementos…” Otto Klineberg
En “The Political Brain: The Role of Emotion in Deciding the Fate of the Nation” (El cerebro político: El papel de la emoción en la decisión del destino de la nación), Drew Westen, (experto en psicología política y psicólogo clínico y de personalidad de los departamentos de psiquiatría y de ciencias de la conducta de la Universidad de Emory, en Atlanta) ha planteado:
“…las elecciones se ganan en el “mercado de la emoción” y no en el de la razón y que cuando emoción y razón combaten, ésta (la razón) pierde invariablemente.”
Dice este cientista social, que los republicanos: “…entienden mejor el cerebro político y apelan mejor a la emoción…” y que por eso ganan más elecciones en Estados Unidos y que los presidentes republicanos se reeligen más fácilmente; aduciendo además, que los demócratas no han entendido que los datos (y los votos) duros por sí mismos no conducen a la victoria.
Afirma que la concepción moderna de la mecánica de la mente humana no tiene nada que ver con la manera en que funciona efectivamente. El autor emula a Marshall McLuhan poniendo a funcionar “la màquina del tiempo que se volvió loca”, a decir de Sydney Finkelstein, en el libro “El antihumanismo de Mcluhan”.
“El cerebro político es un cerebro emocional. No es una máquina desapasionada y calculadora que objetivamente busca los datos, las cifras y las políticas correctas con el objetivo de adoptar una decisión razonada“. Drew Westen