La Conferencia de Génova de marzo 1922, fue estratégicamente convocada para los siguientes propósitos:
a) instar a los bancos centrales a retornar al patrón oro;
b) programar la demanda para evitar fluctuaciones;
c) controlar las emisiones de dinero y a fortalecer las reservas.
Esa conferencia determinó que las divisas de cada nación no debían estar relacionadas directamente al oro, sino a dos monedas de fácil conversión al oro, una de ellas era el dólar y la otra, la libra esterlina. Esto trajo como consecuencia que a Estados Unidos se le vendía barato y se le compraba caro. Esta medida, se reeditó en 1944, con el Tratado de Breton Wood, después de la Segunda Guerra Mundial.
El milagro americano al influjo del frenesí de los “locos años veinte” sembró la percepción de que en el país Norteamericano brotaba riqueza de los imbornales, y la intensiva profusión de capitales destinados al negocio de las acciones unidas a la inestabilidad del patrón oro y a la emisión sin control de dinero inorgánico por parte de la Reserva Federal, impulsó una gran ampolla financiera.
Recordemos que el gobierno de los Estados Unidos propició (como estrategia) un aislacionismo en materia de política internacional, rayano en el fanatismo chauvinista que algunos han calificado de ortodoxo. Esto alejó a Estados Unidos de los escenarios de toma de decisiones, aparte de las económicas, que la Sociedad de Naciones concertaba en sus conferencias del pos-guerra.
Los debates en esas Conferencias giraban en torno a la prioridad de las potencias por arraigarse con el fin de establecer las bases monetarias que garantizaran el intercambio de capitales.
Andrew Mellon (Secretario del Tesoro) fue uno de los impulsores de la disminución a las importaciones, mientras, por encima de toda regla de reciprocidad, era ferviente partidario de la exportación de productos norteamericanos y propugnaba por el otorgamiento de créditos externos.
Grave error constituyó el no tomar en cuenta que no comprarle a los países europeos, los dejaba sin posibilidad de conseguir divisas para poder importar desde los Estados Unidos. Sumado a todo lo anterior, estaba la problemática europea de cumplir con los compromisos de pago, anteriores y contraídos a propósito de la Primera Guerra Mundial.
Mientras Estados Unidos, sabiéndose el mayor acreedor del mundo, en manos del Partido Republicano, se las agenciaba para proteger sus preeminencias arancelarias respecto a los productos de origen europeo, con el objetivo de seguir lucrándose con exorbitantes beneficios, se les ocurrió la poco prudente idea de aprobar la Ley Fordney-McCumber de 1924, mediante la cual los técnicos del gobierno de Calvin Coolidge, aprobaron una especie de muralla proteccionista en perjuicio de la entrada de una gran cantidad de productos importados a territorio estadounidense.
Esto trajo como consecuencia, una elevación excesiva de aranceles a pagar por el ingreso al país de productos agrícolas, que provocó el desplome de las importaciones europeas, la paralización del crecimiento real de las economías del viejo continente, recién salidas de los rigores de la Primera Guerra Mundial, y en consecuencia afectadas por cargas crediticias insoportables. Ahí se inició la ruptura de los engranajes del carrusel financiero.
“El efecto neto de estos acuerdos fue la creación de lo que se ha denominado con acierto un carrusel financiero. Entre 1923 y 1930 los inversores estadounidenses prestaron a Alemania cerca de dos mil millones y medio de dólares; ésta pago una suma más o menos equivalente a los aliados en concepto de indemnización; los aliados, a su vez, transfirieron prácticamente la misma cantidad a Estados Unidos como pago de las deudas de guerra. Aunque estas curiosas transacciones proporcionaron a Europa algunos años de estabilidad, se sustentaba en frágiles cimientos. Una vez comenzada la Gran Depresión en 1929, los Estados Unidos no pudieron seguir actuando como banqueros internacionales y la cadena de pagos se rompió”. José Manuel de-Pablos-Coello