Dice Silvio Rodríguez que “Sólo el amor convierte en milagro el barro”,  pero aunque del amor quede poco por decir, si es queda algo, después de ser designado como la materia prima de toda creación magnífica, al menos el amor romántico mantiene intactos sus enigmas, a pesar de lo mucho que se le ha explorado.
 
Sí, el amor romántico es una ciencia maldita, a cuyas inextricables fórmulas arcanas, solo se atreven a aproximarse los poetas, cuando se sienten más osados. Ellos -y nadie más- son los culpables de llamarle estrellas a los abismos y de que nadie se considere realmente vivo, si no ha sido atravesado por la espada de miel ardiente de una pasión amorosa.
 
La biología aborda el tema con la tosquedad con que un hipopótamo fabricaría el nido de un colibrí y la filosofía exhibe una ceguera legañosa, cuando habla del amor -esa maldición bendita- de cualquier otra forma que no sea con poesía.
 
El amor es lo único ante lo que se repliegan las crudezas del cinismo, convirtiendo las agudezas de este, en penoso disfraz. El amor ennoblece el exceso y la locura y le pone gracia y excusa a la contravención de las convenciones.
 
Pegajosa tela de araña, tan temible como deseable,  que ha dado pie a las más entretenidas, aunque nunca lo suficientemente exageradas mitologías y leyendas, que cavan el hueco eterno e ineludible de la insatisfacción y de la intriga, ante un sueño feliz, del que se despierta siempre tropezando con alguna terrible piedra, antes de llegar a su culminación.
 
Con demasiada frecuencia se asocia la desdicha al amor, aunque tampoco se puede separar éste del pálpito amable de la armonía, ni de las alegres precipitaciones imprudentes -e indispensables- del placer. Rumi, el gran poeta persa, lo cuenta de forma hermosa, sencilla, breve y desnuda :
 
“Cuando estoy contigo, estamos despiertos toda la noche.
 
Cuando no estás no puedo dormir.
 
¡Que Dios bendiga estas dos insomnias!
Y la diferencia entre ellas”
 
No por casualidad, los griegos que lo sabían -y lo dijeron- todo, untan al amor a la flecha envenenada -y dulce- de un dios infantil, travieso e irresponsable, sin más sesera que la de un mosquito, pero con más cadenas que un galeón de esclavos.
 
Borges, El Magno, presentó la disyuntiva: “Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir”.
 
Neruda, como buen calavera, tiene la lucidez de no cantar lo eterno más que entre los resbalones de lo fugaz:
 
“Amo el amor de los marineros/ que besan y se van/ Dejan una promesa/ No vuelven nunca más”.
 
Mientras Bécquer, ese músico inmenso de la palabra, se concentra en cantar las heridas con una melodía dramática, que en vez de bálsamo, más bien parece un cuchillo :
 
“como se arranca el hierro de una herida/ su amor de las entrañas me arranqué/ aunque sentí al hacerlo/que la vida me arrancaba con él”.
 
Pero ¿En qué medida será lo amado una invención afiebrada, el unicornio azul que se le extravió a Silvio, el fantasma inaprensible salido de una pócima embrujada, el eco de una poesía indescifrable, la ilusión de un dios hecho de brumas, el recuerdo escurridizo de las alas que teníamos cuando habitábamos el paraíso jamás existente?
 
La descripción de La Biblia, en Corintios 13, aunque muy poco realista, nada de terrenal, demasiado idealizada, un poco masoquista y como forzadamente modesta, no carece de aspiración e inspiración elevadas:
 
“El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.
 
Quevedo, el infinito, escribió un soneto que cierra con un verso inmortal, en el que el amor rescata a los humanos de toda la insignificancia a la que estaban condenados por presunta voluntad divina:
 
“Polvo serán, mas polvo enamorado” y no se quedó corto en metáforas para describir ese amor que hasta al polvo reivindica y le da brillos y sueños y alas:
 
“Es hielo abrasador, es fuego helado,
 
es herida que duele y no se siente,
 
es un soñado bien, un mal presente,
 
es un breve descanso muy cansado.
 
Es un descuido que nos da cuidado,
 
un cobarde con nombre de valiente,
 
un andar solitario entre la gente,
 
un amar solamente ser amado.
 
Es una libertad encarcelada,
 
que dura hasta el postrero paroxismo;
 
enfermedad que crece si es curada.
 
Éste es el niño Amor, éste es su abismo.
 
Mirad ¿Cuál amistad tendrá con nada,
 
el que en todo es contrario de sí mismo?”
 
Por cierto que Baudelaire, el transgresor impenitente y maldito, hasta se pone solemne para referirse a algo tan serio:
 
“Esa necesidad de olvidar su yo en la carne extraña, es lo que el hombre llama noblemente necesidad de amar”.
 
Pero la imagen más fuerte y bella que he encontrado como descripción del amor, forma parte de una canción que interpreta Ana Belén y que es de la autoría del brasileño Djavan. El texto completo es hermosísimo y la melodía sublime, pero elijo esta imagen para dejarlos con ella, sabiendo que no hay mejor compañía que el resplandor de una verdad esplendorosamente iluminada:
 
“el amor es como un rayo, galopando en desafío”.
 
Y nadie debe morirse sin antes galopar en ese caballo, aunque sólo sea una vez en la vida.
 
Fuente: www.acento.com.do; Por: Sara Pérez