En su mayoría, según las estadísticas nacionales, provienen de familias de bajos ingresos, de poca educación, desempleados o de empleos precarios. Son los hijos de la informalidad económica y de las familias rotas, habitualmente sin padres acompañantes, criados a la sombra de una mujer convertida en toro de lidia.
Crecen en el entorno de la pobreza urbana, en la exclusión y el hacinamiento. Sin empleo y con graves dificultades para estudiar. Y en donde el espacio público, calles, callejones o parques, les son ajenos o pertenecen a las pandillas y sus leyes. La vida en ese entorno es narcótica.
El barrio es el territorio de la alianza encubierta de pandillas y autoridades, en una connivencia bien conocida por la comunidad, y sospechada por la opinión pública, a pesar de los grandes esfuerzos gubernamentales por revertir la situación. Es un mundo crecientemente estático y con escasa movilidad social.
Y para más, la televisión, el cine y el Internet llevan a sus hogares imágenes e historias de otros mundos.
Ciudades de grandes avenidas, torres inmensas, hombres elegantes y mujeres hermosas y las marcas comerciales de mayor prestigio, en fin, modelos de ensueño del buen vivir, con el aderezo de la violencia.
El mundo, les resulta fácil descubrir, no es uno. Más bien son muchos mundos, cínicos, fríos o lejanos.
Sueñan con migrar del suyo a cualquiera de los otros, y en su defecto, crear su propio mundo.
Con motivo de los crímenes contra taxistas, ejecutados por una pandilla de menores de edad, se ha desatado una suerte de pánico, que incita a modificar el código penal para endurecer las penas contra los menores.
Nueva vez debemos hacer memoria, pues antes de las penas contempladas en los códigos ya nuestros jóvenes cumplían la peor de las penas: la de la exclusión.
De lo que se trata es de un fenómeno epidémico. Del crimen vinculado a la exclusión social, la pobreza y al consumo de drogas. Sin las drogas, las características aberrantes de estos crímenes probablemente no existirían. Pero habría crímenes.
Debemos atacar las causas del deterioro de nuestros jóvenes, víctimas propicias de la sociedad que estamos construyendo. La política de matar muchachos, como se ha hecho desde siempre, está claro que no ha resuelto la criminalidad. Y si esa pena capital, ilegal e inhumana, no la ha contenido, mucho menos lo va conseguir el aumento de las penas en los códigos.
Debemos sancionar adecuadamente a los menores, sin dudas. Pero un pensamiento estratégico serio sobre la criminalidad juvenil no puede obviar el horizonte económico, social y narcótico dominicano en su causalidad. La respuesta no se articula desde el miedo y el autoritarismo, sino desde la razón y la ley.
Fuente: www.perspectivaciudadana.com