La primera apela a un dale pa’ llá que no es posible adivinar hacia dónde es que apunta y ya por ahí sus proponentes van mal encaminados.
Además, ese “dale pa’ llá” puede interpretarse como una apelación o convocatoria irreflexiva toda vez que invita a una acción sin un referente, una condición o una propuesta explícita.
Por esa misma razón, el “cambio” a que alude queda igualmente en el aire toda vez que la alternativa que propone (“dale pa’ llá”) no es nada clara.
La primera vez que el PRD utilizó la palabra cambio como propuesta de campaña fue en 1978, si mal no recuerdo.
Para entonces las cosas estaban bien claras: hacía mucho que el país necesitaba y la gente quería realmente un cambio a los duros doce años de Balaguer.
En el contexto actual, cuando las cosas han cambiado tanto, empezando por que entre 1978 y 2010 hay treinta y dos años y al menos dos generaciones de distancia (para sólo mencionar algo muy obvio) la consigna en cuestión probablemente merece una revisión a tiempo.
La segunda, el “dale pa’lante, nunca pa’trà”, toma el ritmo de la primera para responderla al tiempo que convoca a los y las votantes a una mirada prospectiva (pa’ lante) y de advertencia (“nunca pa’trà”).
Por demás, luce consistente con aquello del “nuevo camino” del 96 y el “e’palante que vamos” del 2004.
Es cierto que las consignas no votan y que difícilmente decidan una contienda electoral; pero una campaña es un sancocho que se hace con muchos ingredientes y las consignas y eslóganes no sólo pretenden condensar propuestas, programas e ideas sino que también son aderezo importante de la movilización y la seducción.
Por eso tienen más importancia de lo que pudiéramos pensar.
Fuente:www.perspectivaciudadana