Una de ellas, la primera, que los impuestos no eran útiles sino dañinos (desestimulaban la inversión); la segunda, que era preferible que los impuestos los pagaran las familias, no las empresas.

 

Se entendió que mientras menos dinero recibiera el Estado, cuanto mejor, pues era (o sigue siendo) un malgastador impenitente y un nido de corruptos.

 

Por igual, que era preferible que las familias se endeudaran a que ingresaran más dinero por empleos fijos de todos sus miembros o por mejores salarios o por cobertura de la salud, la educación o el transporte. No importó el desempleo, ni la informalidad.

 

La salvación o la redención vendría por amor a la diosa Competitividad, no al dios Bienestar General.

 

Se creyó pues (o se nos dijo en pose teologal y pitagórica) que eliminando impuestos, los empresarios ahorrarían más para seguir invirtiendo y aumentando su producción. Y como invertir significaba creación de empleos, la rebaja o eliminación de impuestos fue recibida con algarabía y muchos gobiernos, además, se hicieron de la vista gorda con la evasión fiscal y los paraísos fiscales.

 

Ahora, al explotar la crisis económica, con las pruebas al desnudo, hemos descubierto –dolorosamente- que tales creencias resultaron ser “cuentos chinos”.

 

¿Por qué?

 

Porque un empresario compra nuevas y mejores máquinas, contrata más empleados y aumenta su producción no sólo porque tenga disponible ahorro propio o ajeno (préstamos bancarios), sino por dos razones todavía más importantes para él: una, la óptima rentabilidad de su dinero y dos, la seguridad de una creciente demanda por los ciudadanos y ciudadanos de los bienes o servicios que produce.

 

La reducción innecesaria y excesiva de impuestos a las empresas, que se acompañó con la reducción de los ingresos del Estado y de los ingresos de las familias condujo a: 1- un exceso de ahorro ocioso en manos de empresarios que se dedicaron a especular/apostar en el casino (era más rentable) y/o a derrochar en estilos de vida feudales; 2- a reventar el tope de endeudamiento de las familias, que desaceleraron su ritmo de consumo.

 

Todo este preámbulo, ¿por qué? (Que me perdonen los y las lectoras).

 

A una declaración del Ministro de Educación en la que, de acuerdo a El Caribe y a la periodista Kirsis Díaz, ofreció su “respaldo a la petición de la Asociación de Colegios Privados de que se eliminen los impuestos que ese sector paga para evitar su colapso.”

 

“Yo comulgo, yo simpatizo con la idea de que a la educación no se le cobre ningún tipo de impuestos, no es verdad que estas pueden ser empresas rentables que acumulen grandes beneficios”, sostuvo el ministro de Educación.

 

“Lo he conversado con el director de Impuestos Internos y acompañaré a las Asociaciones de Colegios en esa demanda”, agregó.

 

¿Acompañará también el ministro de Educación a las Asociaciones de Padres y Amigos de la Escuela a protestar por la falta de una educación pública de calidad que obliga a las familias dominicanas a migrar a las empresas privadas de educación (colegios) y pagar inscripciones y cuotas mensuales altísimas?

¿Basa sus declaraciones el ministro en algún estudio que indique que las dificultades de las empresas privadas de educación, no importa si son grandes, medianas y pequeñas de educación (colegios) o si son de la capital, de Santiago o cualquier otro municipio del norte, del sur o del este, se resuelven eliminando impuestos?

 

Eliminando impuestos, ¿mejora la calidad de la enseñanza privada o la rentabilidad de esas empresas (colegios privados)?

 

Ya dijo hace poco que simpatizaba con la privatización del desayuno escolar.

 

Yo pregunto: ¿comulga todavía el ministro con la existencia del Estado?

 

Fuente: www.perspectivaciudadana.com