Por José Luis Taveras.-
La sociedad dominicana no ha logrado rebasar niveles primarios de convivencia colectiva. En su dinámica cotidiana se revelan conductas tribales disfrazadas de modernidad. Hemos construido un modus vivendi sin planeación, orden ni disciplina. En una sociedad genéticamente disfuncional, como la nuestra, la gente va perdiendo capacidad de asombro. Cuando ciertos servicios o prestaciones públicas o privadas son operados con estándares óptimos de eficiencia o calidad, nos sentimos extraños en nuestro propio hábitat, entonces solemos decir: “no parece que estoy en mi país”.
El orden nos trastorna, enrarece y turba. En un ambiente dominado por la preservación instintiva y los esfuerzos individuales; con leyes muertas, autoridades desmoralizadas y valores desdoblados, el pasmo se convierte en rutina y la noticia en un producto caro.
El evento noticioso, por definición, se refiere al contenido de una información que nunca antes había sido comunicada, es decir es un saber o un conocimiento nuevo. La noticia provoca interés por su novedad. En contextos “normales” un hecho fuera de los comportamientos esperados, obvios o razonablemente predecibles constituye una noticia. En sociedades como la dominicana, la normalidad es uno de los conceptos más relativos, así mientras una motocicleta cargada de una familia con cinco miembros sin casco protector y luces dañadas, forma parte de nuestros estándares culturales, en otras latitudes sería una estampa para una estupenda fotocrónica digna de un Pulitzer.
Hacer noticia en un medio con niveles bajos de asombro social es una tarea titánica. Si a esta circunstancia usted le suma una sobreoferta de medios gráficos, electrónicos y digitales, entonces la noticia, más que novedosa, se convierte en una información retratista de nuestra realidad. El evento noticioso pierde relevancia cuando reproduce la misma cotidianidad que nos aturde.
La noticia, como producto caro y escaso, tiene también en su contra la saturación repetitiva que hace que la información se consuma rápidamente por la tediosa reproducción de su contenido a través de los medios. En la radio y la televisión dominicanas actualmente se emiten 873 programas de opinión, todos estructurados bajo el mismo formato de comentarios libres e interactivos, con bajos criterios de producción y basados en la interpretación subjetiva e improvisada de la información que recogen los diarios. Ninguno de ellos aporta valor agregado de producción propia ni de investigación.
Esa comunicación empírica, repentista y mimética ha creado una industria millonaria de la opinión nutrida de los intereses más diversos. Sin un buen soporte publicitario, muchos de esos espacios se mantienen de la manipulación de la información de forma socialmente irresponsable. Se trata de una “comunicación mercenaria”, porque, como negocio, se sustenta de la creación artificiosa de “opinión pública” en base a agendas políticas y particulares. Su misión es crear, manejar o diluir, dependiendo de la estrategia, percepciones sobre personas e intereses. Esa comunicación nació a mediados de los ochenta a través de un personaje que, sin formación periodística, descubrió el poder estratégico de los medios en la República Dominicana.
Su plataforma lo convirtió en una de las personas más influyentes en una sociedad con dificultades básicas para interpretar críticamente su realidad. Su emprendimiento artesanal lo hizo un hombre de poder; en el presente es una figura decadente, sin embargo su idea se transformó en una peligrosa industria del chantaje y la extorsión. Hoy esos espacios, convertidos en “gobiernos”, reciben publicidad no por rating sino por favores y canonjías hasta para “no mencionarte”.
Es penoso ver cómo partidas jugosas de los presupuestos de poderes y dependencias del Estado, que no precisan de publicidad comercial, por la naturaleza de la actividad que prestan, la colocan en estos espacios, como las costosas campañas de la Cámara de Diputados, el Ayuntamiento del Distrito Nacional, el Instituto Dominicano de Aeronáutica Civil, el quebrado servicio postal dominicano (IMPOSDOM) y hasta la destartalada OMSA, por solo citar algunos ejemplos.
Esa comunicación libertina, irrespetuosa y degradante constituye un antivalor en una sociedad que aspira a calar niveles más avanzados de progreso mental y de conciencia. Es un vaporoso espejo de nuestras quiebras institucionales y una expresión de la deformación del poder.
El mejor y más digno favor que podemos hacer es apagarlos. ¡Llévatelo Cundo…!.