Hoy la política ha devenido en un negocio tanto para muchos de los dirigentes como para otros tantos de los activistas de base o militantes de cualquiera de los partidos mayoritarios. Bajo la cuerda, hemos aceptado que la consigna que prive entre los que se dedican a la política, en sus manifestaciones íntimas, cuando no tienen que dar la cara ante la sociedad, es la de “a mí hay que darme lo mío; o pónganme donde yo pueda conseguir lo mío, o darles lo suyo a los que me siguen”.

 

Dejemos a un lado la hipocresía; dejemos de mirar para otro lado: la sociedad dominicana ha visto como una casta de dirigentes políticos de todos los partidos dan muestras, en pocos años, de un grado de prosperidad económica que no puede ser justificado a través de la producción de riquezas o los montos de sueldos y compensaciones que legalmente les corresponderían. Este es un asunto serio que está en la base del clientelismo, la corrupción y la impunidad. Y es una afrenta para los cientos y miles de dirigentes y activistas políticos honestos, que no se han enriquecido. Y para los profesionales y empresarios que trabajan largas jornadas para poder lograr cierto nivel de éxito social y económico. Y mucho más para aquellos a quienes sus ingresos apenas les alcanzan para subsistir.

 

Es el momento de hacer algo al respecto. Por una parte tendríamos que obligar a todo el mundo a dar cuenta del origen de sus bienes y del sustento de sus gastos. Eso está definido en nuestras leyes. Y la violación de los cánones legales sobre esta materia tiene nombre: enriquecimiento ilícito. Ese es un tema para actuar. Comenzando por acciones administrativas, que corresponderían a la autoridad tributaria.

 

Continuando por el Ministerio Público, que tendría que poner en marcha los dispositivos de los Códigos Penal y Procesal en cuanto a esta materia. Y la sociedad, los órganos de vigilancia y control de la calidad de la gestión pública desde la sociedad civil tendrían que ser más proactivos en este sentido, exigiendo que se abran investigaciones y procesos en aquellos casos que el rumor público o las denuncias particulares señalen como pasibles de haber delinquido. Necesitamos una sociedad que cumpla la ley. Comencemos por sanear las cosas entre aquellos que están llamados a velar por el interés general. Es sólo cuestión de aplicar la ley.

 

Fuente:www.perspectivaciudadana.com