Con todo lo que conquistamos en el orden material, es escandaloso lo que descendemos en el terreno espiritual, es decir, humano.
Esos espacios en donde yacen los muertos nos cuentan del desamparo en que estamos los vivos. Nada más ir a un cementerio y nos encontramos con la cara misma de la indolencia.
Nuestros alcaldes (síndicos) apenas tienen tiempo para ir a ver aquel escándalo de abandono. Si apenas tienen con qué hacer frente a las necesidades de los vivos, ¿cómo van a ocuparse de los muertos?, dirán algunos.
Pero lo cierto es que una cosa no es sino reflejo o continuación de la otra.
La incuria que hace que los camposantos se ahoguen en yerba, basura y desorden es la misma que explica el caos en el transporte, el abuso de los altoparlantes y muchos otros males que confirman que el 99.99% de nuestros alcaldes no tienen ni idea de qué es ni para qué sirve el gobierno municipal.
No saben hasta dónde llegan sus responsabilidades para con la comunidad.
El flagrante desgobierno evidente en los lugares donde yacen nuestros muertos es el mismo que sufrimos los vivos de manera cotidiana.
Fuente:www.perspectivaciudadana.com