Santiago era una ciudad hecha de unos cuantos barrios y cada uno tenía aquella “cosa” que inflaba el orgullo citadino.
Desde la colina monumental podía verse completa, pequeñita, como tacita junto al Yaque. Y caminarse de punto a punto, dando o recibiendo saludos por doquier. Calles limpias, cuidadas. Aceras impecables y despejadas. Marchantas y marchantes en su pregón, bestias de carga por todos lados. Lo urbano y lo rural enamorados.
Pero era su gente la fuente de tanto encanto. Gente lanzada, imaginativa, de fuerte autoestima y puesta a traer, así fuera del cielo, lo necesario para progresar por cuenta propia. Y a golpes de íes de identidad en su lenguaje.
Una ciudad apacible, era, con un toque provinciano tan especial.
Hoy otro corazón late. La vista monumental ya no es la misma. Montes y sembradíos de tabaco y víveres se han llenado de nuevos barrios, cada vez más pobres. Campitos de ensueño hoy son parte del nuevo Santiago.
El arrabal crece de más en más. Las aceras son ajenas en muchas de sus calles, sucias y otrora limpias. Y no pensemos que todo era debido a la eficacia del gobierno municipal. No. Había una retaguardia en cada hogar santiaguero que cuidaba aceras y contenes del frente de la casa con tanto esmero como la cocina propia. Y un señor, un carrito, con llantas más grandes que su cuerpo, y dos placas viejas de vehículos dejaban aquellas calles impecables.
Santiago ha crecido, al parecer, con poco orden. Y solo rememora historias parecidas a aquellas que hicieron de las ciudades inglesas un pandemonio al son de la revolución industrial.
Después de los años 70, la industrialización masiva de la zona franca parece haber contribuido, grandemente, a estimular la migración rural y al crecimiento horizontal de la ciudad. La expansión ha sobrepasado las posibilidades del gobierno municipal, que hoy precisa de una nueva visión y manejo de la municipalidad al compás del desarrollo industrial y comercial de la ciudad.
Santiago no es lo que fue en lo que a organización municipal se refiere, pero será peor si desde ya no asume un Plan de Desarrollo que contemple las profundas modificaciones demográficas, económicas y urbanas que le afligen.
El consenso por Santiago se hace necesario.