Adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas y ratificado por 186 países, el CEDAW es el tratado internacional de derechos humanos que se dedica exclusivamente a la igualdad de género y por lo tanto describe «las medidas apropiadas y necesarias para eliminar la discriminación contra las mujeres».
Transcurridos estos 30 años el enfoque de derechos humanos y el papel de las Naciones Unidas debe de ser retomado con fuerza, exigido desde las movilizaciones sociales, para combatir y corregir un modelo antidemocrático ejercido por unas pocas potencias mundiales, «por un grupo de plutócratas (gobierno de ricos) que atentan gravemente -dice Federico Mayor Zaragoza- contra el destino de la humanidad en su conjunto», y que han llevado entre otras cosas a la crisis económica actual, a la crisis climática y a la terrible cifra de mil millones de seres humanos pasando hambre y malnutrición.
Y son mayoritariamente mujeres y niñas quienes ven mermado drásticamente en muchas ocasiones su acceso al alimento y a los medios productivos (cuando también es a la población infantil y a las mujeres embarazadas a quienes más afectan las deficiencias nutricionales), por lo cual, la acción del CEDAW y otras convenciones que velan por el Derecho a la Alimentación cobran vital importancia.
Como explica la organización internacional FIAN, la actual crisis global afecta a las mujeres de manera desproporcionada. «El acceso limitado a los recursos y a su control, salarios bajos, condiciones de trabajo inseguras e inestables, mercados de trabajo con prejuicios de género, la discriminación en las leyes, normas y programas, el goce limitado del derecho a la educación, asistencia sanitaria inadecuada, matrimonios y embarazos prematuros y forzados, y la exclusión de los procesos de toma de decisiones perjudican el derecho a una alimentación adecuada de las mujeres en todo el mundo». Una completa lista de las desigualdades de un sistema patriarcal, también globalizado, que golpea a las mujeres y si cabe con mayor crudeza a las mujeres que viven y trabajan en el medio rural. Una paradoja muy esclarecedora: las mujeres son responsables de más del 50 % de la producción de alimentos, pero solamente poseen entre el 1 y el 2% de las tierras a nivel mundial.
Desde nuestra Europa podemos pensar que estas desigualdades estarán presentes en los países del Sur. Cierto, en Kenia, por ejemplo, el 98% de las mujeres trabajan a tiempo completo en el sector agrario, pero menos del 5% poseen tierras. Pero también es cierto que están presentes en nuestros territorios aunque no lo sepamos ver o se mantengan invisibilizadas. Hasta hace pocos años en el Estado español se presentaban dificultades –digamos ‘técnicas’- cuando las mujeres trabajadoras en sus fincas agrarias solicitaban su inscripción en la Seguridad Social Agraria para poder ejercer los derechos correspondientes.
Y aún sigue sin resolverse con equidad la titularidad de las explotaciones agrícolas a nombre de las mujeres o la fórmula de la cotitularidad entre una pareja. La titularidad de la explotación (que así se bautiza en una clara muestra de cómo desde las administraciones, y también desde las Universidades, se entiende el manejo de la naturaleza para producir bienes comestibles: pura y dura explotación) es un requisito básico para poder tener acceso a las subvenciones estatales o a las cuotas de producción. Si las leyes y decretos que regulan la titularidad o cotitularidad no tienen en cuenta la igualdad de derechos entre mujeres y hombres se dan casos de grave discriminación. Por ejemplo cuando la titularidad de la finca está a nombre del padre de la familia y tras su jubilación se hace muy complicada su cesión a la hija. O cuando la finca es trabajada por una pareja, pero la pareja se divorcia o separa, o la mujer enviuda, muchas veces significa que la mujer pierde la titularidad (y sus derechos).
30 años con avances significativos en la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres pero claramente insuficientes en realidades como la de millones de mujeres campesinas que respiran en una atmósfera opresiva de clase (por ser campesinas) y de género (por ser mujeres). Hemos de cambiar estos aires.
Fuente: www.rebelion.org