El 30 de mayo de 1962, grupo de conjurados, de valientes dominicanos decidieron poner fin a la dictadura más cruenta que se conoció en América Latina, la encabezada por el dictador Trujillo Molina.

 

Este dictador, quien se autodefinió como el campeón del anticomunismo en América, Padre de la Patria Nueva, benefactor de la iglesia Católica y cuantas egolatrías les parecieron adjudicarse, gobernó con manos de hierro a la República Dominicana por más de 30 años de ignominias (tres décadas).

 

La muerte de Trujillo Molina, victima de la conjura de hombre y militares que fueron de su eterna confianza, provocó en 1962 que se iniciará en la República Dominicana la verdadera era de la “libertad y la democracia”.

 

Sin embargo, Trujillo aún despierta las más efervescentes pasiones entre los historiadores, políticos y estudiantes universitarios, quienes recuerdan que la vida de la nación se enmarca en el antes y el después de su desaparición.

 

El ajusticiamiento del sátrapa se produjo la noche gloriosa del 30 de mayo del 1961 en la avenida George Washington cuando este se dirigía a su casa campestre en su pueblo natal, San Cristóbal, situada al Sur y a unos 20 kilómetros de Santo Domingo.

 

El dictador fue sorprendido por el grupo de complotados, integrado por el actual mayor general Antonio Imbert Barreras, Antonio de la Maza, Luis Manuel (Tunti) Cáceres, Huáscar Tejeda, Roberto Pastoriza y Pedro Livio Cedeño.

 

Estos alcanzaron el vehículo donde viajaba Trujillo con su chofer Zacarías de la Cruz y abrieron contra este una lluvia de disparos, matando en el acto al temido tirano.

 

Pero, su plan no fue del todo perfecto, porque después que se diera a conocer la noticia de que “El Jefe” había sido muerto, los agentes del terrible y asesino Servicio de Inteligencia Militar (SIM), inmediatamente se lanzaron a buscar pistas y encontraron a muchos de los integrantes del complot.

 

La captura de los complotados se hizo fácil gracias a que la escena del ajusticiamiento no fue limpiada, allí se dejaron armas registradas a nombre de los conspiradores y el carro de uno de ellos que también fue abandonado cerca del lugar del crimen.

 

Posteriormente, parte de los complotados fueron apresados y entregado a Ramfis Trujillo, hijo menor del dictador asesinado, quien según afirman mató de manera personal a todos los autores del este hecho y solo lograron escapar Antonio Imbert Barreras y Luis Amiama Tió.

 

Con la muerte de Rafael Leónidas Trujillo Molina se puso fin a una de las dictaduras más siniestras del siglo XX, ya que la historia nos muestra dictadores que permanecieron  largo tiempo en el poder gracias a su habilidad, a su inteligencia o a su carisma personal.

 

Pero, en el caso de Trujillo es novelesco porque su mandato estuvo basado en el terror y en la brutalidad.