Además, diversificar la oferta, mayor inversión, desarrollar el turismo de la región sur, eliminar el desorden urbano, los daños ecológicos y la falta de organización.

 

Así lo plantea Juan Lladó, articulista del periódico Diario Libre, en un artículo titulado ¿Retos turísticos indomables?, en el que también propone un gran acuerdo nacional entre los partidos políticos y trabajar para el desarrollo turístico de Haití, como complemento del destino dominicano, lo cual podría convertir la isla en la estrella turística de América Latina. A continuación el escrito del experto.

 

RETOS

 

Al país le conviene conocer el alcance del desarrollo turístico que arropa actualmente al Caribe y Centroamérica. Sus dimensiones son tales que urge comenzar a montar una respuesta para mantener nuestro atractivo como destino turístico y de inversión. A falta de un plan estratégico, debemos confrontar algunos maleficios que, aunque soterrados, aquejan al sector y le restan competitividad.

 

En la próxima década la competencia turística será feroz y encarnizada. Mientras para el Caribe se reportan 12,177 habitaciones hoteleras en construcción, México tiene 17,314, Cuba más de 10,000 y en Centroamérica hay un número similar. Pero en Panamá hay unas 7,604, en Colombia unas 16,000 y en Brasil 29,355. A eso hay que añadir el vertiginoso crecimiento de los destinos de clima cálido de África y Asia.

 

Ya que el 90% de nuestra planta hotelera pertenece a cadenas multinacionales, ellas serán las llamadas a responder primero al reto de la competencia. Pero su respuesta estará influenciada por dos factores que le restaran motivación para protegernos. El primero es que las mismas cadenas son los inversores en los destinos competidores regionales, mientras el segundo es que los touroperadores internacionales se inclinaran hacia los destinos y productos más nuevos. De ahí que el país tiene que poner de su parte para que no disminuyan su interés en nosotros.

 

A nosotros nos compete, por ejemplo, resolver un primer gran maleficio en Bávaro-Punta Cana. Este consiste en la ambivalencia respecto a las responsabilidades para confrontar el desorden urbano, los danos ecológicos y la falta de organización general de nuestro principal "polo". Los privados piensan que compete al sector público tomar el liderazgo para resolver problemas de naturaleza colectiva, pero este se desentiende por tradición y abulia.

 

La creencia de que los privados están bañándose en utilidades y que por ende deben ser ellos los que asuman los retos es responsable de que el entorno de ese polo se compare desfavorablemente con bañándose y Varadero. El resultado es una especie de "tierra de nadie" que mantiene paralizado el avance de las tareas públicas. De nada vale proponer, por ejemplo, que el destino aspire a venderse como carbono neutro porque uno le endilgaría al otro la responsabilidad y ninguno haría nada.

 

Un segundo gran maleficio tiene que ver con la transparencia del liderazgo. La predominante presencia extranjera en la industria requiere que los extranjeros den la cara y, frente a las autoridades y la opinión pública, presenten sus quejas y temores responsablemente. Al país no le conviene que sean dominicanos los que se continúen vendiendo como los verdaderos líderes del sector cuando son apenas unos colegas cuya motivación no siempre refleja el interés colectivo.

 

Al país le conviene vivir con y en la realidad de un mundo y un turismo globalizados.

 

Los inversores extranjeros del sector deben abandonar la creencia de que su aparición en los medios de comunicación es anatema y que deben ser los dominicanos los que externen sus preocupaciones y sus intereses. No tienen que esconderse porque su "ocupación" turística es de alto interés nacional para ayudar a internacionalizar la economía. Y la población debe aprender a convivir con esa presencia foránea en nuestro medio y conocer al dedillo sus motivaciones. Mientras más transparente sea la radiografía de sus intereses mejor serán las posibilidades de que nos entendamos y ayudemos mutuamente.

 

Un tercer maleficio es el del suroeste dominicano. Gobiernos van y vienen y esa región no logra su despegue turístico a pesar de que el mismo diversificaría significativamente nuestra oferta. Deberán rechazarse, con respecto a las posibilidades de esta región, los rimbombantes anuncios y declaraciones de las autoridades que siembren huecas esperanzas propias del "realismo mágico" de Macondo. Hace falta de que se admitan sus limitaciones y se discutan claramente las propuestas de solución.

 

Al ser el suroeste la región más pobre del país la clase política está llamada a actuar responsablemente con ella. Su reto de desarrollo turístico debe ser objeto de un gran acuerdo nacional entre los partidos políticos para imponer una prioridad cimera al gasto público que lo persiga. El desarrollo es posible y de justicia, pero sin una fuerte inversión pública seguirá aletargado y sin "nadie quien le escriba".

 

Un cuarto maleficio tiene que ver con el desarrollo turístico de Haití. La creencia de que este no conviene a los intereses nacionales refleja un antihaitianismo obsoleto y pernicioso. A nuestro país le conviene que Haití se desarrolle al máximo en todos sus sectores y el turístico es uno de los más factibles y beneficiosos. Haití sería un complemento muy enriquecedor para el destino dominicano y su despegue turístico podría convertir a la isla en la estrella turística de Latinoamérica.

 

Estos retos son los que, de conquistarse, podrían detonar una segunda gran ola de desarrollo turístico nacional. De seguir asidos a la creencia de que podremos mantener nuestra competitividad turística simplemente con una mayor inversión en promoción estaremos jodidos. Son los grandes maleficios mentales de nuestra industria turística los que hay que confrontar con seriedad, acallando para siempre los irresponsables cantos de sirena que algunos proyectan miopemente. Fuente: Juan Llado/Diario Libre.