Acota don Emilio Rodríguez Demorizi en su libro En Torno a Duarte que el día once de julio de 1844 el General Villanueva, jefe del comando militar de Puerto Plata, le hace entrega al patricio de un acta de la ciudad Isabel de Torres en donde se proclama Presidente de la República.
Unos días después Juan Pablo Duarte cerraba una misiva de respuesta de la siguiente manera: “Me habéis dado una prueba inequívoca de vuestro amor, y mi corazón agradecido debe dárosla de gratitud.
Ella es ardiente como los votos que formo por vuestra felicidad. Sed felices, hijos de Puerto Plata, y mi corazón estará aun exonerado del mando que queréis que obtenga; pero sed justos lo primero, si queréis ser felices”.
“Ese es el primer deber del hombre; y sed unidos, y así apagaréis la tea de la discordia y venceréis a vuestros enemigos, y la patria será salva. Yo obtendré la mayor recompensa, la única a que aspiro, al veros libres, felices, independientes y tranquilos”.
Por otro lado, Gregorio Luperón, hijo de la novia del atlántico, espada invencible de la Restauración, apunta en sus Notas Autobiográficas lo siguiente: “El hombre que prefiere la muerte antes que abdicar su derecho, que abjurar la verdad, la libertad y la justicia, es verdaderamente imperecedero, porque es inmortal en su alma y eterno en la memoria de las generaciones”.
Armado de estos pensamientos me dirigí la madrugada del lunes 25 de julio hacia mi provincia natal, Puerto Plata. Rayando las ocho de la mañana mis ojos contemplaban llenos de nostálgicos recuerdos la loma Isabel de Torres. Unos minutos más tarde anclaría en el Palacio de Justicia, destino final de la visita.
¿Qué propósito me movía a trasladarme desde la capital dominicana hasta la ciudad que por vez primera construyera fray Nicolás de Ovando en el año 1502? La contesta a esa interrogante es que fui requerido en condición de testigo para deponer ante un juicio que se le sigue a un marido acusado de dar muerte a su compañera esposa.
La hoy occisa falleció en el poblado Villa Isabela el 19 de abril de 2010 y el cadáver fue exhumado el 29 de julio de 2010 para fines de autopsia. La necropsia se realizó unos cien días después del deceso.
En la descripción y fotos del cuerpo podía demostrarse el avanzado estado de descomposición de la fenecida, proceso descrito por los prosectores como período colicuativo de la putrefacción. Las conclusiones diagnósticas principales a que arribaron los médicos forenses que llevaron a cabo el experticio fueron las de: asfixia mecánica por estrangulación y hemorragia cerebral.
Había una incongruencia en los diagnósticos pues tratándose de una muerte brusca en una mujer de 43 años si fue estrangulada no había por qué tener hemorragia cerebral y si tenía ésta última entonces no pudo morir estrangulada.
El informe de necropsia no llenaba el requisito indispensable de contener unas conclusiones concretas, explicitas y sin ambigüedad como reza la ley. Tampoco cumplía con la norma internacional de ser una verdad científica fuera de toda duda médica razonable.
Eran casi las siete de la noche cuando en armonía con el pensamiento duartiano regresamos a Santo Domingo dejando atrás el eco del canto de los inmortales Eduardo Brito y Juan Lockward, así como la voz de Juan Llibre nuestro declamador por excelencia.
fuente: Sergio Sarita Valdez ( www.hoy.com.do )