PUERTO PLATA.- Este 26 de febrero se cumplieron 142 años desde que el presidente puertoplateño Ulises Heureaux (Lilís), en 1884, dispuso el traslado desde Venezuela de los restos del padre de la Patria, Juan Pablo Duarte.
Para cumplir esa misión, Lilís nombró una comisión que se trasladó a Caracas a bordo de una embarcación (goleta La Leonora) para conducir los restos de Duarte al país, ocho años después de su fallecimiento en 1876, tras la proclamación de la Independencia Nacional.
Extraídos los restos del cementerio de Tierra de Jugo en Venezuela, se colocaron en una urna y, en la iglesia de Santa Rosalía, se celebró un servicio fúnebre en memoria de Duarte. La comisión dominicana presidió el duelo y al acto religioso asistieron diversas autoridades venezolanas.
Al llegar los restos a Santo Domingo, el Ayuntamiento en pleno se trasladó al muelle del Ozama, donde los recibió de manos de la comisión que los trajo desde Caracas, ya que precisamente el río Ozama fue testigo de muchos episodios de la vida de Duarte.
Durante su infancia, lo vio corretear por sus orillas. En su adolescencia, lo miró acercarse a las naves, hablar con los marinos e indagar acerca de las vidas y costumbres de otros pueblos. Lo contempló embarcarse rumbo a Europa, lleno de ilusiones y deseoso de ampliar sus conocimientos para ayudar a su padre en los negocios.
Lo vio regresar con deseos de libertar a su patria y fue testigo de la labor escolar que emprendió; junto a sus riberas, lo oyó adoctrinar a sus discípulos y hablarles de la redención de la patria.
Más tarde, lo contempló, fugitivo, cruzar sus aguas huyendo de la persecución haitiana, y después lo vio retornar triunfador, una mañana gloriosa en la que fue recibido por el pueblo y las autoridades.
Años después, lo contempló regresar prisionero y vencido, y a continuación lo vio partir desterrado y acusado de traicionar a la patria que había ayudado a fundar. Ahora ve llegar sus despojos y contempla al pueblo recibirlos con veneración y respeto.
Las cosas han cambiado. Duarte se ha hecho inmortal. El pueblo lo ha reconocido como Padre de la Patria y le rinde homenaje a sus restos, que fueron depositados en la Comandancia del Puerto, donde fueron custodiados por una guardia de honor.
Después de permanecer allí cierto tiempo, fueron solemnemente conducidos hasta la catedral, donde fueron colocados en la nave principal. En ella, el entonces presbítero Fernando Arturo de Meriño, uno de los mejores oradores de la época, pronunció un bellísimo discurso en el que expresó el deseo de que en la patria y en Dios Duarte descansara en paz.