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Una Estampa de la Fiesta del Santo Cerro

Ultima Actualización: martes, 05 de enero de 2021. Por: Rafael Hernandez

Por: Rafael Hernández

De muchachos siempre nos llevaban al Santo Cerro el día de Las Mercedes. La Vega se vestía de galas. Venían las guaguas de dos pisos de la capital y desde un par de días antes estaban transportando gentes para dicho lugar. La gente deseaba, con mucha razón, viajar en el segundo nivel para tomar aire fresco y disfrutar del hermoso paisaje campestre. Era toda una novedad, en un pueblo donde no existía transporte urbano.

 

Todo terminaba abajo, en Carrera de Palmas, y había que caminar algo en la carretera Moca-La Vega, para emprender el ascenso siguiendo las 14 estaciones del viacrucis. Unos lo hacían por la carretera nueva pavimentada y otros lo hacían de promesas por la vieja de tierra, roca viva y arena gruesa. En algunos casos subían con una cruz a cuesta, en otros casos vestidos con una ropa hecha de “henequén” -una fibra para hacer sacos para envasar azúcar. Este henequén causaba un calor descomunal y sus fibras producían alergias, llenando el cuerpo de los peregrinos de ronchas urticantes. Había quienes subían esa cuesta rústica de rodillas y descalzos.

 

La gente iba a negociar una cura (sanación) o la buena suerte, llevándole regalos a la imagen o al hoyo de donde dicen que clavaron una cruz denominado “Santo Hoyo”, o haciendo un sacrificio corporal extremado, a cambio de satisfacer sus deseos o petición. Del llamado Santo Hoyo le vendían un sobrecito de tierra bendecida y se hacía alusión a que de ese hoyo por más tierras que le sacaran nunca se ponía más hondo. Así había sido, hasta que Mons. Flores acabó con ese engaño o estafa.

 

El dominicano tiene tres fanatismos que lo caracterizan: el deporte, la política y la religión. A nadie le hable en contra de su equipo, de su partido ni de sus creencias; de hacerlo puede ganarse una enemistad para siempre. En los mediados de los años 50’s y 60’s, era un gustazo ir al Santo cerro a comer roquetes y hojaldres de almidón. Además allí vendían millares de sombreritos de cana, el cual era un símbolo en la identidad del campesino dominicano, pero también lo vendían grandote, tipo charro mexicano. Así comprabas un par de sartas de roquetes y te los cruzaba entre pecho y espaldas, y bajaba con tu sombrerito vestido de “revolucionario” o de “charro” mexicano. En esos entonces los veganos estaban muy identificados con México por sus canciones y sus películas, y el programa de La Voz del Camú “Pinceladas Mexicanas” a la siete de la noche era un toque de queda, pues todo el que tenía radio lo escuchaba con volumen alto. Esto hizo muy popular a su productor el Sr. Hilario María Vargas.

 

Era una multitud la que visitaba esa capilla durante los ocho días anteriores al noveno que era el 24 de septiembre, pues ese día era tan compacta la masa de gente que el aire para los niños escaseaba. Pero las curiosidades entretenían, pues allí se juntaban dominicanos de diferentes ciudades y haitianos de diversas partes de Haití, ya que se la tiene como una patrona de toda la isla.

 

Creo que de todo el país venían personajes populares, quienes aseguraban que habían hecho el viaje a pie con un santo a la cabeza y muchas banderitas y pañuelos de colores, flores, velas encendidas y ropas de raros coloridos y modas, comiendo donde les daban de comer y durmiendo en cualquier lugar del camino donde les sorprendiera la oscuridad de la noche. La ciudad de La Vega se ponía como en una especie de carnaval, con todos estos pedigüeños en las calles, cuál de ellos más folclóricos, haciendo sus rituales y oraciones públicas, con una legión de curiosos detrás de ellos. Entonces subían al Cerro donde se confundían con las multitudes. El personaje que más me llamaba a curiosidad era la mujer sin cara. Parecía como que de un machetazo le llevaron toda la carne, incluyendo la nariz y los labios, así como los ojos, solo quedándole un sesgo del ojo izquierdo por donde podía ver algo. ¡Era horrorosa!

 

No todos los que iban a ese lugar iban a rezar, así que en el folclor popular la gente parodiando al “piche” de la guagua que pregonaba: “Al cerro a cinco”, decían “al Cerro a seis”. Pues en Carrera de Palmas había mucho bares y cabarets que mantenían sus fiestas a todo dar y tenían que reforzar la oferta de mujeres para sus clientes, así que podían escoger entre “maeñas”, “barahoneras”, “sanjuanera”, “mocana”, “matera”, “nagüera”, entre otras, atribuyéndoles cualidades especiales que las hacían famosas.

 

Según he leído, en los años que estuvo allí el padre Fantino se deprimió al ver eje jolgorio, cuyo ruido no le permitía concentrarse ni dormir, y de la gente que en vez de ir a venerar, iba a cometer pecado mortal, él pedía el auxilio de las autoridades para que lo controlaran. Entiéndase que tampoco faltaban las “Fiestas de Palos”, ni los juegos mecánicos que atraían otros segmentos de las multitudes con sus caballitos, sillitas voladoras, Estrella giratoria, entre otros entretenimientos y el área de juegos de azar.

Con el tiempo fue disminuyendo la asistencia a esta festividad tradicional, siendo ahora muy poco notable en relación con aquellos tiempos pasados.

 

Las monjas destacadas allí vendían toda clase de cuadernillos con oraciones, misarios, rosarios, estampas a colores de diversas imágenes religiosas, así como esculturas de yeso, medallitas de diversos metales y cuantos tipos de velas y velones se pudiera usted imaginar hoy día.

 

Fundamentalmente, pese a todos los vicios presentes, era un día de alta devoción religiosa del sector mariano de la iglesia católica. Este culto se había originado durante el período de la conquista española, en su afán de de calmar y fortalecer la moral de sus soldados tras los grandes crímenes que cometían, haciéndoles creer que la divinidad apoyaba sus acciones. Fue un fenómeno generalizado en todo el continente donde intervinieron. En Cuba N. S. del Cobre, en Argentina, N. S. del Buen Aire, en México N. S. de Guadalupe, entre otros. El templo se asienta en una Capellanía donada a la virgen por un rico colono, pero le permitieron construir en su terreno a gente necesitada de viviendas, haciendo irrecuperable ya aquella extensión original. La construcción actual estilo románico medieval con planta de cruz latina, tres naves, contrafuertes exteriores, bóveda de medio cañón y arcos de medio punto, además de la cúpula sostenida por cuatro pilares, fue construida con ladrillos procedentes de las ruinas de la destruida villa de La Concepción (Vega Vieja) por el maestro santiagués Onofre de Lora, dándola por terminada en 1890.