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El vendedor añejo y la tecnología que abruma

Ultima Actualización: jueves, 24 de agosto de 2017. Por: Luis H. Canela

Debemos adaptarnos a los cambios, asumirlos, estudiarlos, trepar sobre ellos y cabalgar aunque sea de manera precaria.

Por muchos años estuve suscrito a un diario de circulación nacional el cual recibía cada mañana de cada día de la semana. Excelente el diario. Pero a medida que los IPhone y los Android fueron desplazando a los BlackBerry, las aplicaciones fueron tomando forma y leer los diarios en el celular o la tableta se hizo presente.

Poco a poco, los periódicos de papel se fueron acumulando en cualquier espacio de la oficina hasta que un día decidí no renovar la suscripción. Fueron muchas las llamadas con la finalidad de que no cancelara el convenio, pero ya no tenía objeto el recibir el papel, era como tener una carga. Siendo sincero, los meses anteriores a la cancelación del contrato, cuando estaba en la oficina y miraba los diarios envueltos en sus plásticos, sentía de repente una sensación extraña como el que le estaba faltando algo o como el que no estaba cumpliendo con el sagrado deber de estar informado.

Fueron muchos sentimientos encontrados para tomar una decisión de ese tipo. Muchos años recibiendo ese diario y ya no lo quería. Hasta miedo me dio por momentos. Miedo de mí mismo, miedo talvez a perder el interés por alguna de las cosas que todavía me interesaban y que formaban parte de mi vida. Me sentí frustrado al no poder conservar esa tradición, sentí algo así como que me estaba convirtiendo en un pequeño criminal o talvez en un demente. No sabía qué hacer, lo cierto fue que en el momento de cancelar la suscripción daba lástima. Esa dicotomía sustancial bullía muy dentro de mí como un torbellino.

El papel, muchos dicen que les gusta manosearlo, sentirlo, mirarlo y que verdaderamente sienten que están leyendo, no así en la pantalla del equipo electrónico. A otros, les gusta la variedad, experimentar cosas nuevas. Creo que nosotros, los que tenemos algunos añitos, debemos saber que estamos en una época en la que te adaptas o te pasan por encima. Yo no séqué les pasará a ustedes los lectores, pero yo siento que la lectura en dispositivos electrónicos de escritos con cierta complejidad como que dejan cierto vacío. Hay programas con los que puedes hasta subrayar lo que lees, sin embargo, todavía la sensación de tener el marcador en las manos amenazando permanentemente con subrayar la frase o la oración sobresaliente en el diario o el libro, no tiene comparación.

La semana pasada recibí una llamada. Por el tono y la fuerza en declive de la voz, parecía de una persona madura. Me llamaba para que me suscribiera de nuevo al diario después de tres o cuatro años de ausencia. Lo escuché con atención. Nunca creí que iba a tener el valor de decirle que no a mi viejo diario. Pareció, no una llamada de ventas, sino, una llamada de auxilio. Le dije que estaba leyendo la prensa en mi dispositivo móvil a lo que adujo que esas noticias salían incompletas, le dije que ya no tenía tiempo para leer el diario en papel, sino que utilizaba los espacios vacíos del trabajo para ponerme al día, me dijo que una persona como yo (sin conocerme) debería tener cierta profundidad en la lectura, le dije que trataba de hacerlo concentrándome un poco más en lo que leía. Le conté que los últimos meses de mi suscripción, los paquetes envueltos en plásticos, amarrados de manera particular, estaban amontonándose en mi oficina, a lo que me contestó quetambién servían para limpiar cristales, para colocarlos en el piso si llovía, para las alfombras del carro después de lavado, además, para los recortes de las tareas de los niños –ya que reciénentrarían a clases--, en fin, todos los argumentos habidos y por haber fueron esgrimidos por el vendedor, incluyendo el del bajo precio.  Nunca pensé que iba a tener las fuerzas suficientes para negarme a recibir tan preciado objeto.

Al final le dije que me llamara la próxima semana (que es ahora), juro que si me llama me voy a suscribir, así sea sólo para complacer a ese vendedor sublime cuyos argumentos provocarían la risa de todo el mundo hace veinte o treinta años, pero ahora lo que provoca es; hasta pena. Argumentar las bondades de un producto en sus aspectos de utilidad secundaria cuando ya la primaria pasó de moda es de alabar. Eso se llama ingenio y habilidad negociadora. Indudablemente hay que tener dentro de sí una fuerte dosis de inteligencia emocional para hacer esa llamada.

Debemos adaptarnos a los cambios, asumirlos, estudiarlos, trepar sobre ellos y cabalgar aunque sea de manera precaria.

El mundo está cambiando y debemos ir con él, sino, corremos el riesgo de volvernos dinosaurios vivientes. Si me llama, me suscribo, total, hace tiempo que algunos cristales lucen opacos, incluyendo tal vez, los de mi entendimiento. ¿Acaso esta terrible tecnología que abruma no estará volviendo artificial mis razonamientos?¿Y los de usted amigo lector?